Del Eco al Dogma: El Viaje de una Mentira Hasta Convertirse en ‘Verdad’

La historia humana está llena de ejemplos donde la repetición insistente de falsedades acaba moldeando la realidad colectiva. Este fenómeno, que hoy se amplifica a través de pantallas y algoritmos, opera como un virus mental: se inocula mediante frases simples, se replica en redes de contactos y muta adaptándose a los miedos de cada época.

Todo comienza en los pliegues de nuestra psicología. El cerebro, ese órgano ahorrador de energía, prefiere confiar en lo familiar antes que emprender costosas verificaciones. Así funciona el efecto de verdad ilusoria: cuando escuchamos «los inmigrantes aumentan la delincuencia» o «el gobierno nos espía» una y otra vez –aunque sean afirmaciones sin base–, terminamos archivándolas como posibles verdades. Es un mecanismo de supervivencia ancestral, útil para decidir rápido ante peligros inminentes, pero catastrófico en la era de la desinformación masiva.

La presión social actúa como acelerante. En los años 50, Solomon Asch demostró con sus experimentos que personas perfectamente racionales negaban la evidencia de sus ojos para no contradecir al grupo. Hoy ese mismo impulso nos lleva a compartir memes conspiranoicos en familia o a callar ante comentarios xenófobos en el trabajo. Cada silencio cómplice, cada retuit irreflexivo, alimenta una cascada de aceptación donde la mentira gana credibilidad por pura inercia social.

La historia nos muestra patrones repetidos. Goebbels, arquitecto de la propaganda nazi, convirtió el «mentir grande y repetir más» en arte de guerra psicológica. Sus técnicas –simplificar mensajes, apelar a emociones viscerales, saturar medios– encuentran hoy réplicas en campañas de trolls políticos o influencers negacionistas. El terraplanismo del siglo XXI no es más ridículo que las teorías raciales del III Reich; solo tiene mejores herramientas de difusión.

Es aquí donde la tecnología multiplica el daño. Las redes sociales funcionan como cajas de resonancia algorítmicas: cada like a un bulo sobre vacunas o cambio climático activa máquinas que priorizan el escándalo sobre la verdad. Un estudio del MIT (Massachusetts Institute of Technology) reveló que las noticias falsas se propagan seis veces más rápido que las verdaderas, no porque seamos estúpidos, sino porque los algoritmos premian la indignación. Peor aún: estas plataformas nos encierran en burbujas donde solo oímos eco de nuestras propias creencias, convirtiendo cada mentira en un dogma de fe digital.

Las consecuencias son tan tangibles como alarmantes. Cuando sociedades enteras basan decisiones cruciales en ficciones –desde rechazar vacunas hasta votar a demagogos–, se erosionan los cimientos de la democracia y la salud pública. El negacionismo climático, alimentado durante décadas por petroleras y medios cómplices, nos ha llevado al borde del colapso ecológico. La desconfianza en la ciencia, minada por teorías sin rigor, dificulta respuestas coordinadas ante pandemias o crisis energéticas.

Pero hay antídotos, y requieren acción tanto individual como colectiva. Como ciudadanos, debemos adoptar el hábito de preguntar «¿Quién lo dice? ¿Qué pruebas hay? ¿Por qué me llega esto ahora?» ante cualquier información sospechosa. Las escuelas tienen la clave: enseñar pensamiento crítico debería ser tan prioritario como las matemáticas, entrenando a nuevas generaciones en detectar sesgos y verificar fuentes. Como sociedad, urge exigir transparencia a las plataformas digitales: que expliquen cómo funcionan sus algoritmos y dejen de monetizar la desinformación. Proyectos como Maldita.es o Newtral en España demuestran que el fact-checking (verificación de hechos) riguroso puede desactivar bulos, pero necesitan apoyo institucional para escalar su impacto.

Al final, este desafío recuerda a la parábola del bosque y el hacha: «Primero cortaron los árboles que no me protegían, luego los que admiraba, y cuando quisieron talar el mío, ya nadie quedaba para defenderme«. Combatir las mentiras virales no es solo cuestión de verdad, sino de supervivencia civilizatoria. Cada vez que cuestionamos una falsedad, compartimos una fuente fiable o educamos a un joven en escepticismo saludable, plantamos semillas contra la próxima gran mentira.

Scroll al inicio